martes, 25 de mayo de 2010

... y la tristeza infinita

Cuando de niña se columpiaba en el patio trasero yo fingía concentrarme en cualquier cosa que no fuera ella – mis cómics y las chapas; las manchas de formas fantásticas en el techo o las piruetas de Crick en la jaula. Lo sabía o eso creo, porque se levantaba la falda por encima de las rodillas para sentarse y se tocaba el pelo. A mí me costaba respirar.
Se que pensarás que sólo era una cría, pero ya entonces sabía mucho más que yo y que tú de todo esto y si aquéllo hubiera sido una película, en esos momentos habría sonado de fondo una musiquita de esas que a uno le pone el vello de punta.
Tenía un vestido azul con mariposas amarillas horrible que le obligaban a ponerse los domingos y se deshacía las trenzas con gesto de rabia en cuanto su madre se alejaba.
Entonces se acercaba a mi ventana y se apoyaba en el alféizar de puntillas. Sólo se le veían los ojos y los dedos aferrándose al marco. Me miraba durante un rato sin decir nada, con cara de gravedad, o me tiraba piedrecitas y reía si yo resoplaba.
Un par de veces me invitó a salir a hacer algo. Dijo de ir nadar y yo hice un gesto de desdén con la mano. Me habló de una película que estrenaban que me moría por ver pero le respondí que yo no iba nunca al cine acompañado. Já!
Supongo que se hubiera horrorizado de averiguar que esa misma noche me toqué despacio y en silencio, pensando en la sensación de mi mano sobre la suya, sentados muy juntos en el cine apestado de naftalina.
A pesar del insalvable obstáculo de la ventana, me llegaba su olor a vainilla y hasta la acompañaba por dentro cuando silbaba distraída las melodías de las canciones que por entonces sonaban insistentemente en las cadenas de radio.
Empecé a escribir todas esas cosas en una libreta de tapa dura que guardaba en el fondo de un cajón. Llegué a rellenar aproximadamente la mitad y cuando acabó el verano simplemente la quemé. Fue ahí justo cuando decidí que iba a convertirme en un gran escritor.
En su decimosegundo cumpleaños a ella no pareció importarle lo más mínimo que fuera yo el único de los invitados que no le regalara nada. Durante toda la tarde estuve tentado de entrar en casa y coger el paquete con el lazo rojo que había escondido debajo de la cama pero desterré totalmente la idea cuando eligió a aquel chico alto como pareja de baile.
El día que se marchó ni siquiera salí a despedirme. Lloraba y pataleaba mientras su madre la llevaba a rastras hasta el coche y yo observaba la escena agachado, con el alma encogida en algún rincón de mi habitación. No miró ni una sola vez hacia mi ventana y jamás pregunté a nadie nada.
Cuando la volví a encontrar, la vida ya no eran veranos de casas de madera que crujían por las noches, ni de olores a hierba cortada, ni de sábados de madrugones sin motivo. Yo era un columnista de tres al cuarto, divorciado y con serios problemas de sobrepeso y ella trabajaba como dependienta en una tienda de una gran superficie.
Me miró a los ojos una sola vez, al darme la vuelta, pero con una de esas miradas vacías o ajenas o terroríficas. No dije nada más que gracias y en la calle lloré por primera vez desde hacía una eternidad.
No fue exactamente alegría lo que sentí porque, al fin y al cabo, ella ya no era más que una mujer anónima y preciosa, con una vida que no me importaba lo más mínimo. Pero es que en esos segundos frente a frente, separados por el mostrador, juro que volví a oler su perfume de vainilla, a notar cómo las piernas se me volvían de gelatina y a sentir aquella sensación explosiva.
Antes de arrancar, saqué del llavero el colgante que nunca me atreví a regalarle y lo tiré por la ventanilla. Fue justo entonces cuando me di cuenta de que la melancolía es la única cosa hermosa que te acompaña toda tu vida.

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