Me gustaba cuando te ponías a escribir poemas y luego me los
recitabas. No te salía mal, aunque a veces se te rompiera la voz cuando
la pena te mordía los tobillos. Entonces te encogías y dejabas de
escribir, unos minutos, el tiempo suficiente como para que a mí me
entraran unas ganas inmensas de llorar, y aunque no lo hiciera tú sabías
que aquello estaba ahí, tan dentro de mi misma.
- Me gusta cuando escribes – solía decirte.
Y tú ladeabas la cabeza y le dabas un sorbo a tu café en taza, sin decir nada.
Bien
sabías lo mucho que me gustaba verte crear. Porque lo hacías poco, pero
cuando lo hacías movías toda la Vía Láctea a tu alrededor. Y si no
pasaba, yo siempre tenía la sensación de que así era.
- Me gusta cuando escribo. Me gusta que te guste – admitías, después de un rato, cuando ya estábamos a otra cosa.
Y
luego hacíamos el amor, o no, o comíamos las sobras de la cena, pero en
nuestros ojos quedaba ese peso, esa gana de la prosa por la prosa, de
tu voz acompañando a las palabras. Hasta que te pedía con mi cara de
pena, que lo hicieras otra vez, sólo para mí, que me escribieras sólo a mí. Y tú sonreías, con tu sonrisa grande e
inmaculada, tu sonrisa de los días buenos, y me decías que quizás
mañana, quizás otro día.
No porque fueras cruel, para nada, sino porque había cosas que eran sólo para cuando te salían del corazón.
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