Se tiraba de las mangas cuando se ponía nerviosa. A veces lo hacía
cuando preparaba té para los dos en aquellos días templados de otoño. Encendía
el fuego, colocaba con cuidado la tetera de metal, y ante mi atenta mirada,
hacía aquel gesto tan suyo, tan íntimo, aún cuando nada de lo que había allí
pareciera ser capaz de sacarle los colores.
- Era tu forma de mirarme - me dijo un día, como si el pasado le
hubiera venido a la memoria de repente.
Comía un melocotón maduro y el jugo le corría por la barbilla.
Quise estirar la mano y limpiárselo, pero preferí esperar a que ella dijera
algo más, a que su boca cálida se llenara de unas palabras que durante mucho
tiempo se había estado tragando.
- Lo de ponerme nerviosa, digo. Era por tu forma de mirarme. Tus
ojos tan profundos, tan callados, y, sin embargo, como si me desnudaran -
continuó, limpiándose la barbilla con una servilleta.
- Pero... - quise protestar, pero ella sonrió con su fila de
dientes blanca y familiar, contagiándome a mí al tiempo que entendía a que se
refería.
- No era carnal. No es que te pusiera. O quizás sí, no lo sé. ¿Te
puse alguna vez? Bueno, es igual. No era eso. Era por estar allí contigo y que
aún así, tan cerca, me miraras como si fuera a salvarte la vida. Porque me
mirabas así, sabes, como si yo fuera tu tabla en medio del océano, aún cuando
lo único que estuviera haciendo fuera preparar el té. Por eso me ponías
nerviosa, porque no sabía qué esperabas de mí, ni sabía si llegaría a poder
dártelo. ¿Entiendes? - dijo, tirándose de las mangas.
Yo me reí y ella se rió también. Luego se las subió y dejo al
descubierto sus delicadas muñecas. Acto seguido volvió a tapárselas, ya con
cuidado y sin nervios y dejó el hueso del melocotón encima de la mesa.
- Así que te ponía nerviosa darte cuenta de que esperaba algo de
ti - concluí.
Ella asintió. Yo contuve el aliento y esperé a que dijera algo
más, pero tras lavarse las manos en el fregadero sus ojos cambiaron de rumbo y
volvió a ensimismarse.
- ¿Supiste que era? - pregunté al fin.
Ella volvió la vista y la clavó en mi rostro. Pensé que sonreiría,
pero no lo hizo.
- Sí, lo supe.
Volví a contener el aliento.
- ¿Y qué era?
- Lo mismo que yo espero de ti ahora mismo.
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