lunes, 14 de diciembre de 2009
Fin
Yo quería… Yo necesitaba ganar. Tenía muchas ideas en la cabeza. Ideas sobre viajes a las estrellas y copas sagradas y hasta algo relacionado con puertas a lugares mágicos, aunque luego me decanté por el hiperrealismo porque quería apostar fuerte. Nada original, claro, pero es que me sentí un artista en ciernes después de ganar aquel concurso. Me regocijaba pensando en la cara de besugo de aquella chica que había escrito 'haiga' en su redacción y que cuchicheaba a mis espaldas sobre pormenores de mi vida familiar que ahora no vienen al caso. ¡Ja! Los materiales escolares que me dieron como premio jamás los usé, pero el sabor a victoria aguantó una semana o más. Yo pensaba que la cosa iba de destacar en algo. Por eso –porque no era guapo ni especialmente listo ni sociable ni bla bla bla— se me ocurrió que aquello iba a funcionar. Como esas historias de instituto en las que el gusano de seda –por usar una metáfora manida— se convierte en mariposa. Sólo que yo me quedé en la primera parte de la película. Y luego, cuando me tocó leer ante aquel público nada entregado de lolitas que caminaban de puntillas y chicos atolondrados que pegaban el chicle debajo del pupitre, me sentí como la gran esperanza de algo. La gran esperanza leyendo de manera atropellada y mojando el papel y hasta la trenza de la chica de delante con mis babas a propulsión. Ahí estaba yo, envuelto en un silencio mortal, impostando la voz en los diálogos, sujetándome el corazón para que no se me saliera por la garganta. Y, cuando acabé, respiré tan hondo que emití un ruido como raro y luego observé todas aquellas caras con las boquitas entreabiertas y los ojos aterrorizados y creo que hasta la chica de la trenza echó a llorar, pero no podría decir si fue por lo de la baba o por lo otro. La profesora no articuló palabra en el trayecto que iba del aula hasta el despacho del director y yo creo que desde aquel día mi oreja izquierda es más grande que la derecha. No conservo el original porque el director lo rompió en pedacitos tan pequeños que con un golpe de aire al abrir mi madre la puerta se esparcieron por toda la sala. Quizá habría tenido que defender mi postura con uñas y dientes pero los llantos de ella me acobardaron tanto que me quedé calladito mirándome la punta de los zapatos. Antes de salir, recuperé justo un trozo de papel del final, el que empezaba con lo de 'arañaba…'. Me lo guardé en el bolsillo y ya en mi habitación lo mastiqué hasta que se me deshizo en la boca. Fue ese mismo día cuando empecé a reescribir la historia y así al día siguiente y al otro y al otro y hasta hoy, que ya la tengo acabadita sobre mi mesa. 548 páginas. Hoy me voy a dar un festín de papel y tinta en tu honor.
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