domingo, 20 de septiembre de 2009

Metro

Son las siete de la tarde. ¿Dónde estarás? ¿En que lugar estoy yo? Trenes. Autocares. Aviones. Casas. Tiempo. Todo fragmentado en secuencias que se mueven con la misma intensidad y sin embargo parecen repetitivas. Me voy a volver loco. Ojalá suene el teléfono.

- Ya no tengo regueros de recuerdos.

- ¿No? Te imagino en Madrid.

- Imagíname aquí.

- No puedo.

- Estoy.

- Sí, pero no puedo imaginarte.

- Bueno, soy varías.

- No, eso no, eres tú.

- No te equivoques. Vengo limpia de rastros inmóviles.

- Te deseo. No me traiciones.

- Ven.

- Es circular.

- Es redondo.

- No quiero llevar el peso.

- No, yo lo reparto contigo.

- No te vayas otra vez por favor, no me dejes solo. Hurgar en la herida cada vez es más duro.

- Imagíname en Madrid. Estamos en el metro. Nos sentamos uno frente al otro y nos amamos con las miradas.

- Los trenes sostienen nuestros cuerpos en varias direcciones a la vez.

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