Son las siete de la tarde. ¿Dónde estarás? ¿En que lugar estoy yo? Trenes. Autocares. Aviones. Casas. Tiempo. Todo fragmentado en secuencias que se mueven con la misma intensidad y sin embargo parecen repetitivas. Me voy a volver loco. Ojalá suene el teléfono.
- Ya no tengo regueros de recuerdos.
- ¿No? Te imagino en Madrid.
- Imagíname aquí.
- No puedo.
- Estoy.
- Sí, pero no puedo imaginarte.
- Bueno, soy varías.
- No, eso no, eres tú.
- No te equivoques. Vengo limpia de rastros inmóviles.
- Te deseo. No me traiciones.
- Ven.
- Es circular.
- Es redondo.
- No quiero llevar el peso.
- No, yo lo reparto contigo.
- No te vayas otra vez por favor, no me dejes solo. Hurgar en la herida cada vez es más duro.
- Imagíname en Madrid. Estamos en el metro. Nos sentamos uno frente al otro y nos amamos con las miradas.
- Los trenes sostienen nuestros cuerpos en varias direcciones a la vez.
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