Escapémonos. Esta mañana lo he visto claro. De camino a ninguna parte, cuando las suelas de mis zapatos se han convertido en chicle sobre el asfalto y he visto mi cara en la del resto de peatones sin vacaciones con los que me he cruzado al doblar tal o cual esquina. Nada de escribir, de lamentarme, de echarte tanto de menos que es lo mismo que no haberte tenido nunca. No deberíamos pensarlo mucho. Leo noticias de actualidad que parecen sacadas del informativo ficticio de una peli de Arnold Schwarzenegger. Mi mundo se ha parado aquí, en medio de la lectura desinteresada de historias de espías dobles y delincuentes más buscados y cortes de suministro eléctrico que invitan a la psicosis colectiva. En esta oficina no pasa nada. Sólo se escucha a la chica de contabilidad aporreando el teclado y atendiendo llamadas inconvenientes. He conseguido bajar el volumen de mis pensamientos con el del MP3 pero, aun así... Algo aquí dentro hace un ruido raro, sin compás. Y algo ahí fuera, que parece que sólo percibo yo. Quizá la chica de la mesa adyacente también nota el nubarrón invisible que se cierne sobre nuestras cabezas porque agita la mano en el aire para apartarlo y continúa escribiendo las direcciones de museos, restaurantes y calas paradisíacas que visitar durante sus vacaciones. Yo debería hacer lo mismo con las mías pero no me apetece. Hoy sé que lo que me pasa, sea lo que sea, no va a evaporarse como si tal cosa, aunque todo el calor del casi-septiembre de esta maldita ciudad se concentre en mi mesa y haga un boquete en el gres. A lo mejor no desaparece nunca. Quizá debería dejar de pensar en ello y buscar los mejores rincones con encanto de Lisboa. Hay una página muy interesante al respecto pero mi cabeza ya se va a ese otro lugar mientras el ratón salta de un enlace a otro y yo leo palabras como 'tapas', 'fados' o 'económico' como si tal cosa. Las paredes de cristal de mi oficina me devuelven el reflejo de un yo que hoy parece ser menos yo que nunca y dudo entre escoger un marciano, escapista, quijotesco, sediento o épico para describirme. No sé qué clase de naturaleza es ésta que me empuja a la infelicidad constante aun cuando existe un atisbo de felicidad real, más tarde o más temprano, por primera vez en mi vida. Mi hermano y yo lo llamamos Gen de la Tristeza. Herencia de mi padre y algo es algo, supongo. Iba a contarte que ha entrado el jefe con las manos en los bolsillos para decir nada interesante pero qué más da. Iba a abrir las ventanas para que entrara el aire pero acabo de caer en la cuenta de que no tengo ventanas. Qué más da. Escapémonos. Escápate conmigo.
Y en mi iPod suena ahora mismo.... Morrissey - Nowhere fast
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