Y todo esto por amor, se decía.
Para enseguida darse cuenta de que de amor, él, no sabía nada. ¿Acaso no había negado las verdaderas pruebas de amor, las pruebas reales que el amor le había puesto por delante, cuando sintió, como sintió el día que abandonó su vida, que se merecía, él, con toda su inmaculada arrogancia, una vida mejor, un amor mejor, un cuidado más exquisito? Merecerlo o no poco importaba en realidad, pues no hay más amor que el construido, el sujetado y alentado entre el tráfico de las condiciones reales. Y ese amor intangible que perseguía no sólo no podía existir, sino que de haber existido, él no hubiese sido nunca capaz de lograrlo. Era consciente ahora, demasiado tarde, de que no había calibrado bien sus fuerzas y que arrojarse al vacío da lugar a pocas sorpresas. Su vida se había torcido más allá de los nombres de las cosas, y nada se ponía a tiro si es que trataba de buscar un culpable, ni siquiera él mismo se sentía culpable de nada en concreto. En su lado del espejo encontraba una razón para cada acontecimiento, pero al otro lado del espejo todas sus razones se desvanecían. De su lado del espejo desertaban todas las cosas reales. Hasta Dios, un Dios que para él nunca había sido más que otra de sus caprichosas intuiciones, había querido salir de allí para convertirse en real, al entender que carecía de todo poder en un mundo imaginado.
Aquí, en mi lado del espejo, estoy yo solo, rodeado de muñecos y vampiros y canciones y películas y novelas y dramas ajenos repetidos ya mil veces, por los que caminar como un turista, mientras duren las fuerzas y el dinero.
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